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Noviembre del 2006

III Congreso on line - Observatorio para la Cibersociedad (OCS)

Por Liliana García Domínguez - 20 de Noviembre, 2006, 19:47, Categoría: Noticias

Este 20 de noviembre comenzó el congreso de la OCS con cinco grupos de trabajo.

Participamos con una ponencia sobre el uso de dispositivos tecnológicos en la enseñanza en el nivel terciario.

La colgaré en algún momento...

Contacto: lilianagardom@buenosaires.edu.ar

Cuestión de actitud

Por Liliana García Domínguez - 8 de Noviembre, 2006, 22:31, Categoría: Artículos

Hay personas a las que todo parece irles bien... y con la conciencia tranquila.
Hay otras a las que todo les sale al revés, o deben hacer dos veces el mismo camino para lograr lo que desean.
Algunas veces todo fluye tan mansamente que parecemos paseantes en senderos frescos y amigables.
Otras veces todo queda tan estancado y lóbrego que parecemos animales agazapados en una cueva.
Y cuesta empezar de nuevo. O retomar la senda.

Quitar piedras
Una piedrita aquí... otra por allá...
Y una piedra grande que no se mueve ni con la palanca de Arquímedes.
Parecería que el camino está cerrado a piedra y lodo, que la vida nos ha señalado con la piedra negra.

La primera reacción es de rebeldía.
La siguiente es la desazón.
Y la última, la desesperanza.

Sin embargo, queda un camino alternativo.
Siempre hay uno.
Sólo hace falta tener el coraje de buscarlo.
Dar el primer paso es lo que cuenta.

Cerrar cajas
Guardamos en cajas aquello que deseamos conservar: cartas, recuerdos, pequeños rastros de nuestra vida pasada, momentos que marcan tiempos de felicidad.
Pero también aquello que deseamos perder de vista por un tiempo: amores contrariados, tristezas, vergüenzas, melancolías.

Y las cerramos.
Ocultamos su contenido.
Damos una vuelta o dos a la llave... ¡Listo!
Ni siquiera nosotros sabremos qué contienen.
¡Aquí no ha pasado nada!
Sin embargo...

Existe la probabilidad de que una carta, un recuerdo, un momento feliz de nuestra vida pasada, nos devuelvan algo de la fuerza, algo del coraje, que precisamos para emprender el cambio.
Existe la probabilidad de que un amor contrariado, esta tristeza, aquella vergüenza (¡la que nos hace volver a sonrojar!), esa melancolía, sean útiles para aprender. Y así no tropezar dos veces en la misma piedra.

Simplemente, porque cerrar también es volver a unir aquello que dejamos separado y desperdigado por las distintas etapas de la vida.

Una manera de comenzar a completarnos es no olvidar su contenido: nosotros mismos, con lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos.
Sin miedos.
Sin fugarnos.
Con honestidad.

Abrir ventanas
El ambiente se enrarece. Aparece la asfixia y todas las puertas se han cerrado.
Es el momento de reparar en las ventanas.

Como agujeros desprolijos o como sutiles y elegantes adornos, las ventanas siempre fueron usadas para ventilar los espacios cerrados.
Su nombre proviene, justamente, de ventum.
El viento, que se cuela por rendijas y trae la realidad externa a la realidad interna e íntima.

No es casual, pues, que se llamen ventanas los orificios de la nariz: vinculan nuestro cuerpo con el aire circundante.
No es casual tampoco que haya dos ventanas en el tímpano. Una, oval; la otra, redonda.
Como dos formas de percibir la realidad auditiva.
Tal vez no es casual que los ojos sean las ventanas del alma.
En ellos se transparentan el amor, el odio y la indiferencia; la calma y la furia; la plenitud y la vacuidad.

Abrir las ventanas para otros y para nosotros.
Dejar pasar la brisa suave y fresca, renovadora y vivificante.
Compenetrarse del perfume que nos llega.
Dejarse inundar.
Todo un cambio.


Encender la luz
Hay ocasiones en las que las sombras y los obstáculos prohiben avanzar.
Todo parece lúgubre y tenebroso. Aparece la inercia y el alma se apaga.

Pero donde hubo fuego, cenizas quedan.
A veces, es una brasa.
Incandescente. Propiedad que solo guarda el espíritu.
Basta un soplo suave de brisa externa -esa que se cuela por la ventana abierta- para que la llama se avive.
Y podamos encender la luz.
Esa luz que emana levemente al principio, y que se va alimentando de a poco.
Con el oxígeno que nosotros mismos le proveemos.

La llama de una vela suele ser signo de intimidad y traer esperanza.
La llama de una vela puede ser el principio del encuentro. Y de la guía.
La llama de esa vela es encendida por el amor de otro que mira, de otro que escucha y de otro que está.
Nuestra tarea será -¡nada fácil!- alimentarla.
Enderezando el cuello y asomándose a la VIDA, que es fogata de amor.