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Febrero del 2007

Los Domínguez

Por Liliana García Domínguez - 6 de Febrero, 2007, 12:23, Categoría: Relatos de familia

Los Domínguez conforman la rama materna de la familia.

Mi abuelo Julián nació en una aldea medieval a fines del siglo XIX ... aunque del año exacto nos enteramos recién cuando falleció.
Más que coquetería, todo estaba relacionado con la edad para emigrar.
Llegó a la Argentina en 1917, huyendo de la guerra de España con algún país (tendría que mirar algo de la historia española, porque no sé cuál). Lo habían convocado al servicio militar, y mi bisabuela lo envió de una oreja en un barco a esta orilla.
Este viaje lo convirtió en desertor. Gracias a una amnistía pudo volver a su terruño en 1948.

Al llegar a Buenos Aires, se instaló en un conventillo de la calle Defensa, cuya entrada se encuentra enfrentando el pasaje San Lorenzo. 90 años no cambiaron nada...
La dueña del conventillo lo amadrinó. Sus hijas, mis vecinas de enfrente hoy, me amadrinarona mí cuando supieron de nuestro parentesco.
Las vueltas de la vida...

Comenzó su vida laboral siendo carretero, quizás un chatarrero de los que andaban en la época por las calles porteñas.
Más tarde fue tranviario, con tan mala pata que un señor desesperado se tiró debajo del coche para suicidarse. Eso lo mantuvo un tiempo corto en averiguación de antecedentes y le marcó la vida.

Abrió un garage en la calle Azopardo 914/6, también en la ciudad de Buenos Aires. Tenía surtidores de nafta y muchos clientes.
Con el tiempo cambió de rubro y el garage de convirtió en una gomería.
Pero no "cualquier gomería". Era importadora y distribuidora mayorista en una época en que solamente existían Firestone y Goodyear. Su visión de futuro le hizo apostar todo lo que tenía a un cargamento embarcado desde Estados Unidos en plena Segunda Guerra.
Esa apuesta lo llevó a ser el único distribuidor en todo el país. Imaginen.

En esa época también importó la primera máquina que recauchutaba y recapaba neumáticos viales, cosechadoras, sembradoras y para motoniveladoras.

Grande el abuelo.

Mi mamá

Ella acompañaba a mi abuelo al negocio desde los cinco años.
Fue su seguidora en un rubro que solamente estaba habilitado para los hombres.
La de ella es otra historia.

Los Pedro en línea

Por Liliana García Domínguez - 5 de Febrero, 2007, 18:58, Categoría: Relatos de familia

Aunque esta generación de primos faltó a la cita, uno de los hijos varones de cada etapa familiar se llamó Pedro. La tradición puede rastrearse hasta el siglo XXVIII, por lo menos.

El primer Pedro del que yo tengo memoria oral fue mi abuelo.
Dicen el folclore que era un hombre alto y fuerte, muy estricto y político.
Terrateniente gallego en la provincia de Laracha (A Coruña), fue el alcalde de la región durante mucho tiempo.
Se casó con mi abuela Rita cuando ella tenía 16 años y él... 32.
Les nacieron 12 hijos, de los cuales el décimo se llamó Pedro.
Murió justo antes de empezar la guerra civil española, en medio de una escaramuza regional por el poder de la tierra.

El Pedro siguiente fue mi papá.
Cuando yo nací, ya ostentaba el número 7 en la línea de hermanos. Uno había muerto de tuberculosis y las otras, nunca lo supe.
Mi papá era un ser especial. Médico y rengo, bajito como lo soy yo, nunca pudo alzarme porque de chiquita yo era gorda y alta. Prometía mucho y me quedé en el 1,55. Ja.
Vino a Argentina siguiendo a mi mamá... pero esa irá en un relato aparte.

Al Pedro de mi generación lo conocí cuando tenía yo 6 y él 12, a punto de cumplir los 13.
Siempre se refiere a mí como la nena tímida de anteojitos que se escondía detrás de su mamá.
Curioso: la misma impresión tengo yo de él.
Nos re-conocimos cuando viajé a España por segunda vez, en el año del mundial de fútbol en Argentina.
Excelente anfitrión y cuidadoso con sus primas, nos llevó de un lado para el otro, a conocer al resto de la familia.
Nos encontramos algunas veces más: cuando vino embarcado en un carguero que recaló en Rosario; en Montevideo, cuando ya era capitán de barco de telecomunicaciones; y dos veces que me visitó en Buenos Aires.
Lo extraño.

Lo curioso

Cuando nos encontramos en Montevideo, llevé a mi hijo conmigo en ese viaje de un solo día.
Julián tenía 9 años. Era un gran oyente de las cosas que dicen los adultos.
Cuando volvimos a Buenos Aires, me dijo en el viaje: "Quiero llamarme Pedro."