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Análisis literarios

Plural

Por Liliana García Domínguez - 4 de Enero, 2006, 12:17, Categoría: Análisis literarios

No es de ahora
esta muerte plural
que siente el alma.
Se muere en cada día,
en cada ausencia,
en los sueños quebrados,
en los sueños quebrados,
en las lágrimas,
y en la ansiedad
de vivir
sed engañosa
de beber el tiempo
sin detenerse,
hasta vaciar la copa.

Son las muertes pequeñas,
cotidianas,
las que matan al fin,
con el golpe plural,
irremediable,
de todas las tristezas.

 

                        Lina Escobio

 

El concepto que el hombre tiene sobre la muerte ha cambiado a lo largo de su historia, según  hayan sido las circunstancias.

 

Según los antropólogos, los grupos tribales primarios podían “matar” a alguien de los suyos simplemente ignorándolo. Era ésta una forma de castigo para quien había decidido transgredir una norma o desafiar al jefe.

 

Ya en épocas de religiosidad tradicional manifiesta, la muerte fue considerada como un rito de pasaje (judaísmo, cristianismo) o como final definitivo de la vida (agnosticismo) o como el encuentro den el fluir de la vida no conciente (budismo o algunas otras religiones orientales).

 

La sociedad y su cultura han ido modificando  este concepto en Occidente, variando su sentido y significado. En el siglo XX, sobre todo, se produce el desplazamiento entre la Primera y segunda Guerra Mundial, con un marcado acento en la transformación luego de esta última.

 

La segunda Guerra marcó un cambio de táctica en lo que  a estrategia militar se refiere. En efecto, la tradicional guerra de fronteras con espacio de nadie entre trincheras fue reemplazada por el ataque sorpresivo de escuadras de aviones silenciosos y el asalto de grupos comando, Cuánta sorpresa, temor, angustia, dolor y resignación habrán experimentado quienes, por primera vez recibieron o fueron testigos de un ataque por sorpresa de los aviones de la Lutwaffe.

 

Este cambio táctico permitió también una transformación histórica en el modo de pensar acerca del hombre, de la vida, de la muerte… Es decir, todo aquello que mueve al ser humano a ser lo que es.

 

¿Para qué sirve aceptar el sufrimiento en espera de un mejor futuro, si éste no puede llegar a reducirse? Vivamos la vida tal cual se nos presenta. E suna aplicación del Carpe diem horaciano al estilo contemporáneo.

 

Cambia, entonces, el concepto de la muerte final de vida biológica y  espiritual. Cambia porque la muerte empieza a ser concebida como crisis, transformación, y no solamente como sacrificio (según la etimología de esta palabra[1]) La consigna de posguerra para ser así: “Vivamos ahora como sea, probemos todo, comprometamos nuestra existencia.” Justamente entonces surge el existencialismo sartreano.

 

En este marco puede hablarse de dos clases generales de muerte la física y la espiritual. La primera implica, obviamente, la biológica –aunque hoy día aparece sólo dictaminada por la muerte cerebral y no por la detención del músculo cardíaco-. Esta clase de muerte es final y singular, aunque además d eimplicar al individuo en cuestión también atañe a quienes sons sus seres queridos.

 

Esta inclusión de otros seres nos lleva a un segundo tipo de muerte: la espiritual. ¿Cuándo se experimenta? Cuando se producen las crisis (= los cambios) con ritos de pasaje o sin ellos (cf Benedetti, La borra del café, 1993), los desengaños, las frustraciones. Cuando se pierde toda esperanza, se llega al fondo del abismo y es muy difícil emerger. Esta clase de muerte es cotidiana, plural, múltiple y experimentable individualmente también, aunque el entorno social se vea afectado.

 

Esta clase de muerte es muerte esencial. El ser que se era muere para convertirse, si puede, en un ser nuevo.

 

A partir de un lenguaje cotidiano, como lo es la muerte plural, se produce la sensación de extrañamiento. El lector percibe la lejanía del yo lírico y esta ostranenie le permite reflexionar sobre su propio concepto  o su propia vivencia de la muerte.

 

El texto, de gran simplicidad, niega el ahora real como parte de ese extrañamiento. También a él contribuyen el empleo de la 3ª persona del verbo “ser” (=esencial) y del verbo “morir” en su forma de pasiva con se.[2]

 

El poema, sin estrofas y de verso métricamente irregular, está constituido por tres oraciones [versos 1-3 / 4-13 / 14 -19]. Cada una de ellas, a su vez, funciona como introducción, desarrollo y conclusión de un discurso expositivo.

 

¿Qué lo hace, entonces, un texto literario? Precisamente en la energía puesta aquí de manifiesto; en el uso nada ampuloso del lenguaje (que no es característico d ela exposición); en el  manejo del espacio, su semantización; en el ritmo que le imprime al comienzo el yo lírico en el acento sáfico del primer verso.

 

El yo lírico manifiesta una aserción negativa: desecha el ahora de la muerte, en este punto que nos encontramos, puesto que intenta demostrar que la muerte única – como una concepción biológica o religiosa- no existe. Sí implica que la muerte es un hecho plural. Ideológicamente subyace esta idea a partir de la negación.

 

Por lo tanto, si la muerte plural no es de ahora, ¿cuándo se ha producido?, ¿qué momentos de la vida han llenado de significado la expresión “muerte plural”?

 

La respuesta comienza a partir del verso 4: la cotidianeidad, la vida misma incluye la muerte plural. Es decir, el ahora -¿inexistente?- se transforma en una serie de ahoras diarios, en un carpe diem que no se disfruta, valga la paradoja.

 

Se plantea, sí, entre los versos 4 y 13, los momentos percibidos casi como lugares, puesto que son situaciones frecuentes: “en cada día, /…ausencia /…sueños quebrados/ … lágrimas”. La gradación que identifica momento y situación va d elo que se percibe como alejado (porque no se piensa en ello): “cada día”, y llega a los estrictamente corporal y espiritual: la expresión del dolor por medio del instrumento personal (“lágrimas”), pasando por otras in-existencias corpóreo-sentimentales o afectivas (“ausencias”) y lo más íntimo de las personas: sus propias ilusiones (“sueños quebrados””).

 

De lo más ajeno a lo más personal, se pasa a la síntesis: “y en la ansiedad / de vivir” [versos 8 y 9], que se opone a la serie de muertes mencionada.

 

Los versos 10 a 13 aclaran aún más el panorama: la ansiedad de vivir es una “sed engañosa” [verso 10]. El tiempo no puede beberse porque es quien, en realidad, nos engulle. Apurar el tiempo es imposible, hacer todo simultáneamente porque el tiempo se acaba es un engaño del hombre: el tiempo no se acaba, sino que nos  acaba; nos envejece, nos deja a un lado, con la sensación de que todo tiene un final, especialmente en este fin de milenio/siglo/era.

 

Es interesante observar que aquí el tiempo es el contenido de una copa, que representa la vida. “Vaciar la copa” (verso 13) es terminar con la vida, es llegar a la muerte final, una e “irremediable” (verso 18) que acaba con las muertes plurales (aquí sí en plural).

 

El tiempo es suave en su andar, en su transcurrir, aun cuando provoque ansiedad en quien lo percibe. La aliteración de /s/ en esta misma sección (verso 10 a 13) demuestran que la vida pareciera “desinflarse” de a poco, como un globo que piede aire.

 

Pero la suavidad objetiva del tiempo se hace ataque cuando se refiere a la muerte. A partir del verso 14, se aliteran la /t/ y la /k/, imprimiendo un carácter seco y cortante a la conclusión (versos 14 a 19). La muerte en forma mínima, las muertes diarias llevan a la muerte irremediable. Sin embargo, ésta no se concibe como la biológica, sino como la espiritual: depende exclusivamente de la capacidad de absorber “todas las tristezas” (verso 19) que la vida nos da. Sería la contrapartida de “vaciar la copa”, puesto que se muere cuando la última gota rebalsa esa copa.

 

Y lo que en términos simbólicos (derramar agua) implica dar vida, aquí se presenta exactamente como lo opuesto.

 

Y la desesperanza final se “lee” al unir los versos más cortos (versos 9 / 15 /18): la vida cotidiana es irremediable…

 

Las tristezas cotidianas también lo son.

 

Bibliografía

Foucalt

Tinianov

Voloshinov

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[1] Martínez: Semántica española. Buenos Aires: Kapelusz, 1942.

[2] No es aquí “morirse", puesto que por el tipo de lenguaje es una descripción académica.