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Cuentos

Horacio y los espejos

Por Liliana García Domínguez - 16 de Enero, 2006, 1:25, Categoría: Cuentos

Dicen las buenas lenguas que alguna vez hubo espejos que no mostraban más que interiores. Interiores de personas, se entiende, ¿verdad?

¿Que estos espejos eran mentirosos? ¡Vaya una a saberlo!

Lo importante es, pues, que en su manía de mostrar realidades exteriores, los espejos fueron evolucionando y olvidándose, poquito a poco, de la que era su verdadera misión.
Y he aquí una historia interesante, que le ocurrió a mi amigo Horacio.

Estaba acostumbrado a mirarse al espejo todas las mañanas. Pero todas. Tenía ese rasgo viril que nos sigue deleitando a las mujeres: mucho vello suave cubriéndole el pecho y la espalda, y otro no tan suave, convertido en barba afeitada cada mañana delante del espejo.

Con paciencia se miraba, con paciencia se afeitaba, con paciencia se criticaba. Lo último, a veces - y cada vez con mayor frecuencia- se tornaba en impaciencia saturada de sarcasmo. Y el sarcasmo le iba marcando surcos cada vez más perceptibles en la frente amplia y en la cara deliciosa.

¡Ay! Horacio parecía no tener remedio...

Claro, después llegaba el momento de vestirse. A menudo se sentía ridículo. ¿Quién iba a creerlo? Los demás veían en él plena seguridad y apoyos incondicionales, profesionalismo, sabiduría y consideración. Pero él (¡ay, Horacio!) se sentía ridículo.

Frente a ese espejo se miraba sin verse, sin ver-se. Primero los calzoncillos, después las medias, luego el pantalón a medias entreabierto para guardar la camisa impecablemente limpia, impecablemente planchada. Botón de manga izquierda, botón de manga derecha. Botones cerrados de uno en uno. Los zapatos. La corbata, al final. Saco, y a salir. Una última mirada en el espejo le devolvía la imagen que los otros veían, pero no la que él observaba. Y le dolía.

Se sentía seco. ¿Quién iba a querer estar con "eso" que él veía? ¡Ay, Horacio, a veces los propios ojos están ciegos!

Un día, sin embargo -dicen las buenas lenguas- ese espejo cotidiano le devolvió una imagen diferente. Ese espejo fueron los ojos de quien lo amaba. Claro, Horacio no sabía que quien lo amaba lo deseaba exactamente como es, sin más ni menos.

Y por primera vez, y con asombro, se sintió libre de la mirada de los otros, libre de su propia mirada sarcástica, libre para dejar de ocultarse.

Se sintió libre para vivir.

Milagro de los espejos, querido Horacio, que a veces recuerdan el amor... y lo reflejan.

Contacto: lilianagardom@gmail.com

Dos son demasiado

Por Liliana García Domínguez - 4 de Enero, 2006, 12:55, Categoría: Cuentos

Yo era un tipo tranquilo.

Perfil bajo, aunque no demasiado. Me dedico a las buenas cosas de la vida, pero con austeridad: trabajar, comer, dormir, trabajar.

Tranquilo es una manera de decir, nomás.

A ver: 

Ítem

¿Tranquilo?

No tengo hijos

Estoy casado

Depende

Trabajo por mi cuenta

Depende

Hago lo que me gusta

 

 

Soy mal contador. Tengo una vida tranquila.

Tenía.

 

Me casé a los 25 años, con carrera y proyectos de vida. Mi mujer tenía 22, estaba estudiando. Éramos felices.

Yo era feliz, a mi modo. Una promesa me ataba a ese matrimonio que a mí ya no me interesaba. No me interesó nunca. Pero algo me hacía culpable. Y el casamiento era el castigo.

Sin embargo, los hombres tenemos suerte. Somos vivos / piolas / simpáticos / traviesos / astutos si engañamos a nuestras mujeres.

Y mucho más si no se dan cuenta.

 

 

Me casé, sí. Pero yo no quería hijos. Y mi mujer lo aceptó. Prefirió su carrera y cuidar a sus viejos. Así que se fue para atrás, a la historia, a la prehistoria. Y siguió siendo una nena.

A su manera quedó estancada en el tiempo. Era la niña mimada por sus viejos y por mí.

¿Qué por qué la mimaba? Vamos, yo soy responsable de que no tengamos hijos.

Como poder, pudimos; pero nos los negué.

 

Y para colmo, en una andanza, embaracé a mi amante de turno.

Algo más alta que yo, la misma profesión, el mismo anhelo, el mismo deseo...

La misma cama.

Y va y viene, hace veinte años no había que tomar precauciones por el SIDA. Y bue, hace 20 años que tengo un hijo. Trabaja en una empresa de seguridad.

Pero mi mujer no sabe nada.

Nada de nada.

O eso creo.

 

Pasaron los años. Pasaron los gobiernos.

Pasó nuestra juventud. Mi mujer ha tenido sus “cositas” por ahí y yo las mías por aquí. Y los dos nos hemos hecho los distraídos.

Claro, todo bien. Hasta que llegó la menopausia.

 

“Menopausia (del griego men, mes, y pausis, cesación). F. Cesación natural de la menstruación en la mujer, cuando ésta llega a la edad crítica ( de los cuarenta y cinco a las cincuenta años, por regla general). ACAD.

Se manifiesta tanto en lo corporal, como en la conducta.

 

 

Mi mujer pasaba alternadamente de estados de euforia a estados de depresión, de la risa al llanto, del deseo al rechazo.

¿Qué podía hacer yo?

 

Me mudé... de cuarto. Y lo que empezó siendo un remedio circunstancial pasó a convertirse en tratamiento para sostener un matrimonio que nunca fue.

O que fue durante poco tiempo.

Mantuve el statu quo, mientras mi hogar se transformaba (gota a gota) en el espacio de mi mujer: cambiante – estático - retrógrado. Enfermizo.

 

¿Yo? Estaba más tiempo afuera que adentro. Y cuando podía me iba lejos.

Y yo me iba apagando de a poco. De a poco me iba muriendo, que en mí es  aceptación. O era. Ya no tenía aliciente ni motivos ni alegría.

Y andaba como seco.

 

Hasta que apareció Ella.

Se metió en mi vida de manera casual. En esta era de las comunicaciones, un e-mail es fácil, y puede causar indiferencia o sorpresa.

Fue sorpresa. Sentí que el mensaje de Ella, esta desconocida, era un alerta. Y algo se revolucionó en mi estómago. Como si la vesícula que ya no tengo empezara de nuevo a latir.

Burbujas en ebullición.

Y le respondí con una pregunta para que pudiéramos seguir el intercambio.

Luego el teléfono. “Ahora tengo voz” me dijo. “Y yo también” le dije”. “La tuya la conozco desde hace mucho” me dijo.

Quedamos en vernos. Nos conocimos.

Y fue la luz que me hacía falta para seguir.

 

Cuando éramos chicos, los dos nos habíamos preguntado qué sería de nosotros en el 2000. Ambos teníamos 12. Pero sus 12 y mis 12 ocurrieron en distinta época.

Y ahí estábamos.

Y nos amamos con fuerza, con pasión, con amistad.

Yo había pensado “Una vez y ya.” Pero después de hacer el amor la primera vez, nos pusimos a hablar de política y economía, desnudos y en la cama.

Supe ahí que no podría dejarla jamás.

 

Fuimos amantes. Y una estupidez mía interrumpió los encuentros en la cama. Y la vida de cada uno interrumpió algunas otras cosas.

Pero no la unión.

Siempre pensábamos –cada uno, y para sí- cuándo nos reencontraríamos.

En una cama, digo.

Todo no tan bien, pero soportable.

Claro, hasta que llegó la menopausia.

 

No, señor. Dos son demasiado.

(octubre 2000)

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